Mirar atrás. Por Pepe Eliaschev
Audio: Hace varias semanas que la ciudad de Buenos Aires viene siendo el caso testigo de una situación que reconoce precedentes. Hablo de la educación, del tratamiento de los problemas de la educación y de las diferentes metodologías y métodos de aproximación que usa la sociedad para solucionar lo que se percibe como problemas importantes.
Si uno intenta elevar la mirada un poco, por encima de la coyuntura, me refiero a las tomas de escuelas y de la reiteración de huelgas docentes, resulta evidente que en la temática educacional hay demasiados protagonistas e interlocutores que se acercan a ella no precisamente animados del sano propósito de educar más y mejor a los jóvenes argentinos. Que esta debería ser, en teoría, la situación ideal.
Cuando se habla de temas puntuales, es preciso para poder avanzar exitosamente en la resolución de los conflictos, abordarlos con conocimiento, pertinencia, tópicamente, hablando de lo que corresponde y no asociándolo permanentemente con grandes cuestiones, que de tan grandes y de tan macro, terminan siendo perfectamente abstractas.
Puntualmente, la movilización de grupos estudiantiles, muy pequeños y minoritarios si se los compara con la totalidad del alumnado de la ciudad de Buenos Aires, apuntaba al hecho de que la infraestructura edilicia de los establecimientos educacionales tiene fallas y tiene faltantes y déficits que son inconfundibles, y que son por otro lado innegables.
Lo curioso de la situación es que el propio Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no solamente ha reconocido este hecho, sino que en ningún momento lo ha negado. Lo cierto es que este gobierno tiene, además, 30 meses de antigüedad. Y lo más paradójico es que gran parte de las críticas más feroces contra el estado de algunas escuelas de la ciudad de Buenos Aires proviene de sectores que hasta hace 30 meses integraban un oficialismo porteño, que a lo largo de los diferentes modelos aplicados desde 1996 hasta 2007 tuvo una cierta homogeneidad en su desarrollo.
Radicales, frentegrandistas, frepasistas y justicialistas asociados a ese modelo (como Jorge Telerman), fueron los jefes de gobierno de un modelo que, evidentemente, al momento de la asunción de Mauricio Macri como jefe de gobierno, no había logrado poner a la infraestructura edilicia de la educación porteña más allá de toda sospecha. Pero esto no ha sucedido.
Lo cierto del caso es que a la hora de plantear las problemáticas de la reestructuración y, sobre todo, de la renovación edilicia de algunas escuelas de la ciudad de Buenos aires, intervienen factores de orden claramente ideológico, que no menosprecio ni estoy de ninguna manera aludiendo a ello de forma peyorativa, pero que confunden e intoxican mucho el debate.
¿De qué estamos hablando? ¿De que una, dos, tres, cuatro, cinco escuelas sobre un total de 720 carecen de calefacción? ¿De qué estamos hablando? ¿De que 720 escuelas, que es el total de la ciudad de Buenos Aires, están en condiciones calamitosas? No estamos hablando de eso. Entre esas 720 escuelas hay un puñado que tiene problemas importantes relacionados con la calefacción y con las instalaciones de gas. Es un problema de debe ser resuelto y que de ninguna manera es menor, porque la educación pública tiene que garantizar niveles mínimos importantes de confort para que se lleve adelante la tarea educativa de alumnos y docentes.
Estamos en presencia de una cantidad muy pequeña del total de las escuelas, y lo más interesante, paradójico y sugestivo de estas últimas semanas de agitación en la ciudad de Buenos aires es que se habla de las escuelas porteñas, pero curiosamente no ha habido una sola ocupación de establecimientos en el Gran Buenos Aires.
¿Esto quiere decir que en Dock Sur, en Rafael Calzada, en Munro ó en San Justo todas las escuelas son maravillosas y tienen calefacción, gas natural y telefonía? No, no lo quiere decir.
Uno no puede menos que advertir en esta movida una tonalidad y una decisión de alterar políticamente el escenario, lo que se añade a la consigna que enarbolaron los grupos más radicalizados, extremadamente minoritarios pero cuya capacidad militante es muy fuerte, y se resume en la frase “Fuera Macri”.
La ciudad de Buenos Aires ha vivido un colapso institucional importante del que fue víctima el Dr. Aníbal Ibarra. Quien les habla, yo mismo, puedo decir, con relativo orgullo y cierta satisfacción que combatí duramente la destitución de Ibarra considerándola un golpe de estado evidente, contra un gobierno era imputado por la tragedia de Cromagnón, como si realmente éste hubiera sido el propósito de aquellas autoridades. En verdad, a Ibarra se les facturaron otras cuentas y terminó perdiendo la condición de jefe de gobierno.
Lo que me resulta patético y descorazonante es que la sociedad civil y sobre todo la dirigencia política no haya aprendido de aquellos episodios. Porque en el juicio y destitución de Ibarra, además de las razones legítimas de reclamo y de protesta por una situación tan terrible como la de Cromagnón y lo que la hizo posible (habilitaciones truchas, fraudes, inobservancia de la ley), había primordialmente la intención de liquidar políticamente al Dr. Ibarra, que perdió el cargo.
Aparece ahora, pero desde un costado inverso, el mismo propósito. El “Fuera Macri” es una consigna golpista, antidemocrática, anticonstitucional y subversiva. En sentido estricto, se trata de desoír y liquidar un mandato constitucional. Mauricio Macri puede ser absolutamente criticable por muchas razones y analizar críticamente su gestión es un ejercicio elemental de democracia.
Pero el “Fuera Macri” implica desconocer que en las elecciones de 2007, el ingeniero Mauricio Macri fue votado por el 61% de los porteños. Pero aún cuando hubiera sido votado por mucho menos gente (aquello fue prácticamente un plebiscito), si hubiera ganado las elecciones por mayoría simple su legitimidad es intachable.
Vemos surgir ahora, en un sector específicamente identificable como ultra radicalizado desde una óptica de izquierda, el mismo propósito destituyente que ya advertimos cuando la situación era otra, en otro modelo, y en donde quien encabezaba la jefatura de gobierno lo hacía desde una perspectiva “progresista”, muy diferenciada de la concepción que suele tener en estos momentos el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, no porque aquello fuese progresismo en serio (la palabra no se regalo a nadie), sino porque claramente Ibarra gobernaba desde una perspectiva de izquierda.
Es realmente descorazonante que la sociedad argentina no se cure de estos viejos pecados. Respecto de lo que está sucediendo, basta mirar más allá de las escuelas secundarias o primarias y ver cómo han sido ocupadas facultades de la Universidad de Buenos Aires, con los mismos pretextos, los mismos argumentos, los mismos mecanismos y las mismas evasivas.
¿A qué me lleva este desarrollo conceptual? A plantear que –efectivamente- sigue gobernando gran parte del ADN político argentino una mentalidad que, disfrazada de una trasgresión de las formalidades, en definitiva repudia y niega la legitimidad de las estructuras democráticas y representativas.
De ninguna manera la situación de las escuelas de la ciudad de Buenos Aires justificaba esta ola de tomas y que a eso se le asocie, encima, recordar la Noche del los Lápices es una ficción truculenta, porque nada tienen que ver ambos episodios.
En consecuencia, estamos una vez más ante una situación en donde la Argentina y la ciudadanía se confunden.
Sin embargo, es posible dialogar sobre temas de la educación con una perspectiva constructiva apuntada a la resolución de los conflictos. Todo lo que no recorra ese itinerario, no solamente es una pérdida de tiempo, sino que implica ratificar que la Argentina sigue mirando hacia atrás, incapaz de resolver los problemas que la han condenado, una y otra, vez al fracaso.
©pepeeliaschev Emitido en FM Identidad 92.1
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